miércoles, 5 de agosto de 2009

Por lo cual Jesús no se avergüenza de llamarlos hermanos

Tanto el que santifica como los que son santificados tienen un mismo origen, por lo cual Jesús no se avergüenza de llamarlos hermanos

Hebreos 2:11.

Los cristianos no solamente somos hijos de Dios, sino que entre otros calificativos, el Señor Jesús, nos define como sus hermanos. Tenemos un mismo origen “Porque a los que Dios conoció de antemano, también los predestinó a ser transformados a ser la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos” (Romanos 8:29). Es por esta razón que el Señor nos considera sus hermanos.

El Salmo 22:22 dice: “Proclamaré tu nombre a mis hermanos; en medio de la congregación te alabaré”. Estas palabras del salmista son proféticas y se refieren al Señor Jesús, quien vino a la tierra con la misma naturaleza de todos nosotros, carne y hueso para que mediante su muerte anulara al que tiene dominio sobre la muerte (Satanás), y librarnos así de ese yugo. Se asemejó en todo a nosotros sus hermanos, y sufrió la tentación precisamente para poder socorrer a los que son tentados.

Así como el mismo Jesús pasó por la tentación y con esta aprendió a ayudar a los tentados, nosotros también no podemos hablar de restauración ni de perdón hasta no haber sido restaurados y perdonados. De ahí, que para consolar se necesita antes haber sido consolados. Solamente se puede dar gracia, cuando hemos recibido gracia.

Regocijémonos porque en la intimidad con Jesucristo, por su regalo de darnos la vida eterna al venir a morir por nosotros, no solamente nos ve como sus discípulos sino que también nos eleva a la categoría de hermanos. En otro pasaje de la Biblia el Señor no nos llama ni siquiera siervos, sino amigos. Él se hizo siervo; no vino a ser servido sino a servir y dar su vida en rescate por muchos. Por eso ahora nos ve con los ojos de un buen amigo a quienes ama con el amor fraternal de un hermano.

Un abrazo y bendiciones.